EL SANTUARIO DE JULIO ROMERO DE TORRES
Autor: José Carlos Fernández. ©
Sólo las figuras cargadas de pasado están ricas de porvenir". Valle Inclán
"Valle Inclán, el gran maestro lo ha dicho de la manera más concisa y feliz: "Nada es como es, sino como se recuerda" . La pintura debe ser la verdad vista a través del recuerdo". Julio Romero de Torres
"Tras los montes de violeta, quebrado el primer albor, a la espalda la escopeta, entre sus galgos agudos, caminando va un cazador". Poema XIII de Campos de Castilla, de Antonio Machado
Sí lector. Por qué no catalogarlo dentro de los lugares mágicos de Andalucía. Lo es. Hay magia allí donde la vida vibra con inusitado poder, abriéndose ventanas al cielo y luz de lo sagrado. Hay magia allí donde el misterio nos tienta hacia Dios. Y hacia Dios nos tientan los ojos negros de sus lienzos, los colores de su paleta que evocan imágenes como de los sueños. Un crítico de arte narra en sus memorias que al estar días y más días frente a uno de sus cuadros, la mujer española de soberano gesto allí representada se grabó hasta tal punto en su imaginación, que transcurridos años y más años, cuando el aspecto de las mujeres que había amado parecía el de las huidizas imágenes de los sueños, este otro del cuadro de Julio Romero de Torres iba adquiriendo rasgos cada vez más definidos. Y sabía y sentía este crítico que esta imagen sería su compañera más allá de las puertas de la muerte. ¿No es esto magia? ¿No es magia el grabar en innumeras almas imágenes que por su belleza y misterio vayan con nosotros en el peregrinaje por la vida y la muerte? ¿No era ésta la función reservada a los talismanes mágicos? ¿Y por qué santuario? Santuario es el significado antiguo de Museo. Lugar donde se rinde culto a las Musas, las hijas de Dios y la Memoria. Y seguro que las Musas se sienten honradas en este santuario. Aman las musas las lágrimas que la belleza vierte. Y vierte lágrimas, no de dolor, de emoción, de profunda emoción el alma sensitiva a quien la vida no ha arrebatado la capacidad de asombro.
Entramos en el ahora museo Julio Romero de Torres, en Córdoba; hace un siglo su morada y taller. La familia del pintor de la mujer española la donó a perpetuidad con la condición de que la entrada fuera gratuita. No conocemos bien los entresijos ciudadanos, pero el hecho es que esa condición ya no se cumple. En esta mansión cordobesa típica, en que el murmullo del agua es una oración que da la bienvenida; es donde se albergan la mayor parte de los mejores cuadros de Julio Romero de Torres. Él, dice la copla, "pintó a la mujer morena, con los ojos de misterio y el alma llena de pena"; y esa misma belleza, melancolía y misterio se apodera de nosotros según nos adentramos en esta galería de imágenes vivas. Recordemos, antes de penetrar en el alma de su pintura, cuáles son sus rasgos distintivos. Francisco Zueras, en su ensayo sobre el pintor, los ha descrito muy bien: Hondo simbolismo, precisión de la forma y dominio del dibujo, suave resbalar de la luz sobre carnes y ropajes, eliminación de la dureza de los perfiles sin mengua de los contrastes, poética artificiosidad de los escenarios, plegado con ondulaciones haciendo que todo el volumen del cuerpo palpite bajo el ropaje, la extraña luz que ambienta las composiciones, el personalísimo registro de su paleta y lo elaborado de su técnica pictórica, dominio de la morbidez, que dirían los renacentistas, esa especie de suavidad y blandura de las carnes femeninas, gran capacidad para representar la figura humana. Y paisajes que refuerzan el simbolismo del tema, en los que la realidad se halla convertida en alegoría, paisajes listos para ser gustados por el alma, "sin detenerse en la superficie coriácea de las cosas" , paisajes desmaterializados para su íntima vivencia por el contemplador.
En la planta baja del Museo, vitrinas donde se exponen fotos del pintor, de su familia, de su funeral y otros; y los testimonios que España ha hecho a uno de sus hijos predilectos incluyendo su retrato y obras en series de sellos, billetes, etc... Emociona ver también su negra capa y sombrero cordobés y el cartel que preparó para la "Gran Corrida Patriótica". Este cartel, un homenaje a los caídos por España, conmueve por el significado de su alegoría. Una dama de la Cruz Roja ha llegado al campo de batalla donde yace un soldado. Lo cobija con su manto, blanco como la nieve y lo cuida con su actitud alerta. Nos preguntamos, ¿por qué no lo cura? Y en el silencio de esfinge de la Dama comprendemos que quien vela al soldado es la Muerte , de fija y bondadosa mirada. La muerte con la cruz roja en su blanco manto. La muerte que lleva al cielo de los valientes. Y seguimos la peregrinación por este santuario. Hay una imagen grabada indeleble en el alma, que justifica, ya sola, la visita a esta galería de pinturas que es una visita al alma de nuestro pintor. Y subimos absortos, como hipnotizados, recordando la imagen de una muerte que enamora. Llegamos a la planta alta donde nos esperan más sorpresas. La pinacoteca se ha convertido en Cueva de Tesoros. "La chiquita piconera", emblemático cuadro de Julio Romero de Torres, por cuanto es su última obra completa. Una joven, humilde en el vestir, soberbia en su porte y gesto, remueve los picones en un brasero. Al fondo, en medio de una oscuridad casi tangible, el puente romano. La negrura de sus cabellos se confunde con la de la noche que envuelve a la ciudad. La negrura de sus ojos miran con tal expresión y fijeza al alma que no nos extraña que esta imagen se haya convertido en uno de los recuerdos imborrables que se llevan los extranjeros y en una de las tarjetas artísticas que representan a España. Decir "belleza española" para muchos extranjeros es decir "como la chiquita piconera".
Hace unos días, un amigo de la ciudad de Córdoba me narró una anécdota sobre la "chiquita piconera". Comenzaba a ejercer como médico y llegó hasta su despacho alguien que venía en nombre de esta, ahora anciana que hace más de setenta años hizo abismarse en lo bello a Julio Romero de Torres. Venía pidiendo una receta para unas medicinas, pero no quería mostrarse y que al enseñar su carné de identidad la reconociesen. Porque si a nadie le hace gracia que le comparen su ancianidad con los años jóvenes, menos a quien se ha convertido en bandera de la belleza española. Pobre "chiquita piconera", viviendo tan pobremente tus últimos años. Julio Romero de Torres, que era retratista de almas, fijó tu alma en un lienzo, y lo convirtió en emblema de misterio. Pobre "chiquita piconera", no importa que el río de los años arrebatase tu belleza. Tu alma nos sonríe en la mirada penetrante y ágil trazo de nuestro pintor. Este y otros cuadros perpetúan tu alma: Carmen, Mujer de Córdoba o la Niña de la Jarra. Si como decían los renacentistas, dura tanto el nombre como los labios que lo pronuncian y si recordamos las enseñanzas egipcias que afirman que "hablar de los muertos los hace vivir de nuevo" seguro que tú vivirás mucho más que cuantos artistas de Hollywood pavonean ahora sus insípidas vidas.
Y cómo olvidar Poema de Córdoba , que en sus siete paneles hace una evocación histórica de los motores de esta ciudad: su valiente estirpe en la mujer con manto rojo y estatua ecuestre del Gran Capitán; la sabiduría en la mujer filósofa que nos mira pensativa, con la estatua de Séneca al fondo. Pues como reza su escudo, esta ciudad es "casa de guerrera gente y de sabiduría clara fuente". Lema que tristemente se diluye ante nuestro vivir actual, tras la pantalla del televisor. Su espíritu poético en la joven que mira melancólica delante de la estatua de Góngora. Su enigma y misterio en la Córdoba Judía , bellísimo panel con un imaginario monumento a Maimónides. Su mística y recogimiento en su Córdoba cristiana y su audacia y gesto desafiante en la Córdoba torera. En su centro, la ofrenda a su Arcángel custodio, San Rafael, señor de la Fuerza y Armonía que cura almas y cuerpos.
También están aquí los dos cuadros que el pintor quiso conservar obstinadamente en una exposición que hizo en Buenos Aires, en 1922: Contrariedad y Muerte de Santa Inés. El último porque lo pintó por deseo expreso de su madre, que era muy devota de la Santa. Dos ángeles velan a la Santa en el interior del sepulcro, otorgando la paz y el recogimiento que el alma necesita para el tránsito. En los pequeños paneles que hay encima se narra la vida de la Santa. El estilo de líneas nos recuerda los dibujos esbozados pero vivos del Tintoretto en la Escuela de San Rocco y los diseños de pintura romana. Un estilo que no conserva la forma sino los gestos y el movimiento de sus personajes, los perfiles se diluyen como las imágenes de los sueños. El primero, Contrariedad, representa a una mujer de enigmática belleza, cuya modelo fue una actriz del teatro de la comedia, tal vez símbolo de un amor imposible. La alegoría dice que es dentro del alma, y no fuera donde está el cofre abierto con los más bellos tesoros. Es lo que enseña la sabiduría, luminosa y desnuda. “Contrariedad”, porque nadie ni nada puede poseer las flores de belleza que nacen y mueren en el jardín del mundo. Dentro vive la belleza. Vemos los tesoros que la sabiduría enseña en su espejo mágico que es la Naturaleza. Pero queremos llegar a ellos y nos golpeamos en el espejo.
Cómo olvidar el encanto de "Viva el pelo", en el que sólo se muestra una cabeza con el peinado cordobés típico. Consigue nuestro pintor, este "Leonardo cordobés", hechizarnos con una cara que elude nuestra mirada. No se ve, pero se adivina su belleza.
En "Cante hondo" dice del Alma Andaluza y su canto, el cante hondo popular. El cante hondo es pena, es muerte, amor y celos, melancolía y pasión. El pintor ha fijado en las escenas de su cuadro esta historia de amor cortés y pasión de celos animales. Escenas en torno al alma del cante hondo en el eje de la composición, desnuda, entronizada, con mantilla y guitarra y mirada de esfinge. Y dibujando una cruz perfecta con ella la muerte y el-que-guía-en-sus-invisibles-sendas. El Dios al que Egipto y la naturaleza han dado forma de perro negro o chacal; y al que Julio Romero de Torres ha representado como su propio galgo negro, "Pacheco", que se yergue sobre el ataúd, llora y protege al alma que allí descansa. Tanto para egipcios, como para persas y aztecas y tantos otros pueblos, es el perro quien guía a los muertos y es el símbolo de la pureza. Porque es puro y lo que carece de doblez, aquello que es fiel, y nada más fiel que un perro. "Pacheco" lo demostró dejándose morir de tristeza cuando falleció su amo.
Nos preguntamos qué paisajes y colores encontraría nuestro pintor despojado de estos trajes de sangre y carne que tanto adormecen al alma. Si al decir de Platón vivimos sin saberlo en una caverna, y nos creemos sombras cuando somos dioses, qué luz, qué color y qué gesto pintaría su alma, ya libre, fuera de esta cueva que es el mundo. Imposible saberlo, pero fácil reconocer que en el seno mismo de la caverna, en su oscuridad, "luz hecha niebla", en el negro perenne de sus lienzos puso el pintor un tizón encendido. De su propia alma y pasión, de su amor a LA MUJER ESPAÑOLA.
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