
ARTÍCULOS
En esta sección incluimos articulos variados sobre arte,
filosofía, poesía, ensayos, etc.
LISARDO EL ESTUDIANTE
Autor: Jesús Arce ©
Desde que Tirso de Molina escribió “El Burlador de Sevilla” perfilando por primera vez el tipo de conquistador disoluto que tenía por ocupación el enamorar mujeres, la literatura no ha hecho más que reproducir este fecundo tema. Tirso quiso dejarnos en su Don Juan, más que la acabada personalidad del protagonista, una lección moral, típicamente barroca por otra parte, de cuan arriesgado es dejarse llevar por las pasiones del cuerpo y no hacer caso al llamamiento de Dios en el momento en que surge de lo más profundo de la conciencia el arrepentimiento.
La intuición de Tirso quedó de manifiesto en el hecho de adivinar un tipo psicológico que habría de
convertirse en referente de uno de los temas más repetidos de la historia de la literatura; Zorrilla, Jacinto Grau, Molière, Mozart, Byron, Shaw, etc., son unos cuantos ejemplos de la inmortalidad del mito de Tirso.
Córdoba, como otras ciudades españolas, ha tenido también a su Don Juan en la figura del estudiante Lisardo, cuya historia, recogida en romances populares data del siglo XVII.
Al parecer este Lisardo se llamaba realmente Don Juan de Almenara. Pertenecía a una acomodada familia de Córdoba. Se sabe que estudió en nuestra ciudad Filosofía y que después se trasladó a Salamanca con el propósito de cursar los estudios de Derecho. Sin embargo hay constancia de que su salida de Córdoba fue más bien una huida a causa de los múltiples riesgos que su disoluta vida le habían acarreado.
En Salamanca continuó ejercitando sus devaneos amorosos. Se enamoró, en la medida en que este personaje se podía de enamorar, de Teodora, una joven salmantina que se preparaba para entrar en el convento. Las reiteradas negativas de Teodora hacia los requiebros amorosos de nuestro protagonista no hacían más que encender sus ya de por sí encendidos ánimos.
Cada misiva que le enviaba era más fogosa que la anterior y de este modo consiguió por fin rendir la ya debilitada voluntad de la desafortunada Teodora. La noche en que se iba a consumar el rapto de la novicia y cuando se disponía a escalar los muros del convento, oyó un tumulto de gente que gritaba:
-¡Es Lisardo, matadle!
Y otra voz sepulcral que exclamaba:
-¡Ay, que me han muerto!
El pánico se apoderó de Lisardo. Corrió como si su alma la persiguiera el mismo diablo. Al poco encontró una comitiva fúnebre que penetraba en una iglesia. La curiosidad pudo más que el miedo y entrando en el templo, preguntó a uno de los asistentes a lo que parecía ser una misa de Difuntos que quién había muerto.
-Lisardo el estudiante. A quien vos conocéis como vos mismo.
El estupor que le causara esta respuesta, el redoble de campanas y los cánticos funerarios fueron suficientes para que cayera al suelo sin sentido.
Al despertar determinó enmendar su conducta. Se cuenta que desde entonces Don Juan de Almenara se distinguió por su conducta recta y honorable.