RUTA ARQUEOLÓGICA POR CÓRDOBA
Autor: Jesús Arce.©
El pasado sábado día 23 de octubre la Asociación Cultural Nueva Acrópolis organizó una visita a algunos de los restos arqueológicos más interesantes de la ciudad de Córdoba de la mano del arqueólogo D. José Ramón Carrillo.
Iniciamos el recorrido en los mausoleos excavados en el Paseo de la Victoria. La ley romana prohibía enterrar dentro de las ciudades por lo que las necrópolis se situaban extramuros, junto a las vías de acceso. Mediante este tipo de construcciones se pretendía hacer ver a los vivos que allí se encontraba enterrado alguien que en otro tiempo fue como ellos pero que ya había muerto, y despertar de esta forma un sentimiento de recuerdo y compasión. A veces aparecían textos escritos, que iban desde la simple mención del nombre del difunto hasta complejos documentos que constituían una loa del difunto y de su carrera, rogando al caminante que se detenga, medite y pronuncie una jaculatoria, o, por el contrario, lanzando violentas imprecaciones contra quien se atreva a dañar el monumento. La tumba es un lugar sagrado, un locus religiosus , y como tal, hay que cuidar y respetar.
Los cementerios romanos de Corduba, pueden identificarse por la gran cantidad de hallazgos. Prácticamente rodearon a la ciudad lo cual demuestra, por la extensión que ocupan, la importancia demográfica que debió tener la misma.
A continuación visitamos el templo consagrado al culto imperial situado en la calle Claudio Marcelo. Para su edificación y teniendo en cuenta el gran desnivel de la zona, fue indispensable la construcción de una plataforma horizontal que compensara esta diferencia de altura; para mantenerla firme fue preciso levantar en un borde un muro de contención con contrafuertes en zig-zag, que penetraban en el material de relleno vertido para compensar el terraplén con el fin de ceñir la tierra suelta y contener sus empujes. La meseta resultante daría lugar a una gran plaza que se extendía desde Alfonso XIII a Diario de Córdoba y desde María Cristina a Capitulares.
En esta plaza se erige un templo sobre un podium de 3,5 metros de altura, al que se accede por un escalinata, al parecer doble, precedida de un altar de 4,5 metros de lado y abierto al cielo. Fue un edificio próstilo, exástilo y pseudoperíptero, pues de las diez columnas de sus lados mayores siete estaban adosadas a la cella . Tuvo 16 metros de frente, 32 de fondo y 18 de altura. Los materiales empleados para su construcción fueron: mármol para interior y exterior, sillería de piedra para los cimientos y hormigón para el núcleo de las paredes de la cella , el subsuelo del pavimento y la escalera de acceso.
El edificio al parecer data de la época julio-claudia, o comienzos de la flavia, es decir del último tercio del siglo I. Este templo pudo dedicarse a un emperador divinizado, y por la inscripción AVGUSTO SACRVM, puede afirmarse que estaba consagrado a Augusto.
La visita concluyó en las excavaciones realizadas junto al puente de Miraflores. Se trata del arrabal de la Saqunda mandado arrasar por el emir Al-Hakam I, nieto de Abd al-Rahmán el Inmigrado. Este arrabal era habitado por comerciantes y artesanos muladíes que se rebelaron contra una subida de impuestos, animados por los alfaquíes o teólogos, que recelaban del hecho de que fuera un cristiano quien les recaudara los impuestos. Una multitud cruzó el puente rodeando el alcázar queriendo derribar sus puertas. Se cuenta que Al-Hakam I, viendo desde su terraza la rebelión y no estando seguro de que sus mercenarios la pudieran contener, se volvió tranquilamente a su tocador y perfumó la cabeza con almizcle y algalía. Un servidor extrañándose de que actuara así le preguntó por qué lo hacía. El emir le contestó: “Este es un día en que debo prepararme para la muerte o para la victoria, y quiero que la cabeza de Al-Hakam se distinga de las de los otros que perezcan conmigo”. No fue necesaria tal precaución pues los soldados del emir –apodados los mudos o los silenciosos, porque eran esclavos extranjeros y no entendían el árabe- sorprendieron a los amotinados por la espalda y se entregaron a una matanza que duró tres días. El arrabal entero fue saqueado. A trescientos supervivientes los ejecutaron y crucificaron sus cadáveres. Al resto se les perdonó la vida con la condición de que abandonaran Al-Andalus para no volver nunca.
Este era uno de los veintiún arrabales que surgieron a torno a la medina de Córdoba. Cada uno tenía sus propios muros, sus casas de baño, su mezquita y su zoco.
Finalmente, quisiéramos agradecer muy sinceramente a José Ramón Carrillo su disponibilidad y entusiasmo al exponer de forma tan ilustrada y amena el rico pasado de nuestra ciudad. Sin duda alguna, todos los presentes, tomamos conciencia de la importancia de conocer y reconocer en sus restos el legado de nuestra historia.
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