Senectud, del latín senex, viejo.
SÉNECA:
“LA ANCIANIDAD DEBE PASARSE MEDITANDO EN LOS TRABAJOS DE LOS FILÓSOFOS, UNA OCUPACIÓN QUE TRAERÁ PAZ Y FELICIDAD Y ABRIRÁ EL CAMINO A LA ETERNIDAD”.
FRANKLIN:
“TODOS QUIEREN VIVIR MUCHO TIEMPO, PERO NADIE QUIERE SER VIEJO”.
El término viejo es aplicable a un estado de conciencia. Por eso, hay jóvenes y niños que son viejos sin haber llegado a la última etapa de la vida. Y hay viejos que se sienten jóvenes a pesar de haber cumplido los setenta años. Son viejos los deportistas que, a la edad de treinta años, terminan su carrera porque les falta la fuerza física necesaria para continuar en su actividad, tienen que cambiarla y ¡ay de aquellos que no sepan hacerlo!, pues pueden caer en una depresión lógica cuando no tienen la formación necesaria para asimilar las nuevas situaciones que el paso de la edad les trae.
El odre viejo que contiene vino nuevo lo convierte, con la edad, en vino generoso, del cual podrán disfrutar los que quieran tomarlo.
Los griegos y romanos hacían de los “viejos” pozos de sabiduría, por lo que crearon el Senado. El saber no sólo era adquirido por el estudio, sino también por la experiencia que la vejez acumula.
Si el individuo viejo se viera apoyado por los que todavía no lo son y fuera requerido para dar a conocer lo que lleva dentro, su conocimiento y experiencia acumulada serviría a los más jóvenes.
A los ochenta años me doy cuenta de que he llegado a la vejez. Lo he hecho sin darme cuenta. ¿Por qué?...
He pensado en ello y la conclusión es que mi evolución a través de la vida ha sido eficaz, en cuanto a los cambios de cada edad. Nunca he pensado en la vejez como una meta. Es un ciclo por el que hay que pasar para llegar al paso final, que es el abandono de este mundo para pasar al otro, como dice el vulgo. Cada etapa de la vida la he ido viviendo, empapándome de ella.
La ciencia ha establecido, en el año 2007, que la esperanza de vida del ser humano ha subido a los ochenta y cinco años.
ANÉCDOTA:
Estaba bajándome del coche de mi yerno y éste no me ayudaba. Yo iba en el asiento de atrás, con lo que me era más difícil salir de él. Y a mi yerno no se le ocurre otra cosa que decir:
–¡Qué mala es la vejez!
La contestación fue rápida:
–¡Peor es no llegar a ella!
–Tienes razón, buena contestación.
SÉNECA:
“DEBES APRENDER MIENTRAS NO SEPAS, Y ESO SERÁ MIENTRAS VIVAS”.
Al ir cumpliendo años he ido aprendiendo. La experiencia de hoy se acumuló a través de los años y las enseñanzas que adquirí lo fueron a través de mi observación y de mis maestros. Los conocimientos que fui adquiriendo fueron seleccionándose y fueron formando mi cultura. De esta forma, fui creando mi “rincón especial”, donde ni los psiquiatras han sabido llegar. Esta selección de hechos ha creado mi “Templo Interior”, es mi Ideal. Hoy estoy contento con él. Como ciclo natural, espero el “más allá”.
Hoy puedo decir: “No es mejor Maestro el que más sabe, sino el que mejor enseña”. Y es que he tenido profesores de todo tipo. Muy pocos han pasado al olvido y, si así ha sido, es porque no han dejado huella en mí.
Aprendí en mi casa, donde mis padres me educaron y fueron la base de mis futuros conocimientos. Donde no llegaba el colegio, allí estaban ellos. Fueron los que me enseñaron a tratar a los demás, a separar el bien del mal. Era la ética que me serviría para aprender a relacionarme con la sociedad. Por eso, al llegar al colegio, se notaba, en unos y en otros, la educación recibida en casa.
Hoy, con ochenta años, puedo decir que “el esfuerzo del trabajo se olvida, pero la calidad perdura”.
Cuando me preguntan en qué he trabajado, respondo que no he trabajado nunca, porque toda mi dedicación la he realizado con tal gusto que he disfrutado y no lo considero como el castigo bíblico: “Ganarás el pan con el sudor de tu frente”.
Dicen que la soledad es mala, pero para mí es mi gran compañera. De ahí que me digan que soy muy independiente. Pero con mi soledad disfruto de mis conocimientos, sobre todo de los que aprendí en los últimos años. Los treinta últimos años que dediqué a la Filosofía dicen que mi experiencia vale mucho. Pero no han sido muchos los que me han pedido consejo. Solamente, en alguna circunstancia, me he visto obligado a dar consejos cuando el aconsejado, perdido en su equivocación, lo ha necesitado.
Mientras espero mi hora, lo hago, como dice Séneca, rodeado de los trabajos de los grandes filósofos, con la esperanza de que los conocimientos que voy adquiriendo me sirvan para mi próxima reencarnación.