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Nietzsche es un joven catedrático de filología clásica en la Universidad de Basilea cuando publica El nacimiento de la tragedia. Cuenta con veintiséis años y se trata de su primera obra, la cual sellará su salida de la esfera de la filología antes que su consagración en la misma. Sus heterodoxas interpretaciones sobre los griegos resultaron explosivas en el mundo científico de la filología. Primero, fue acogida por un denso silencio al que siguieron las más furibundas críticas. El nacimiento de la tragedia es un estudio filológico, artístico y filosófico centrado en el nacimiento y evolución de la tragedia griega. Pero es algo más que eso; es la exposición de una nueva visión del mundo: el pensamiento trágico.
Según Nietzsche, las investigaciones occidentales solo han vislumbrado sombras de los griegos, no habiendo penetrado apenas la capa más superficial de su mundo. Nietzsche se convierte con esta obra en el portador de la llave que abre la cámara de los más bellos tesoros de la Antigüedad, concentrados en la tragedia griega. En la insistencia de Nietzsche en el sufrimiento y la importancia de la música se evidencia la influencia de la filosofía de Schopenhauer. También Wagner influye en el joven, el cual hará aparecer la obra musical de aquel como el renacimiento verdadero de la Antigüedad en la orgullosa Alemania de las últimas décadas del s. XIX. Nietzsche, en esta obra, no se atiene precisamente a los hechos históricos, aunque tampoco es su objetivo la búsqueda de la verdad en un sentido científico; más bien, pretende revelar el sentimiento vital griego que rodea a la tragedia y su carácter trascendente, planteando la posibilidad de su regreso al decaído Occidente.
Lo que Nietzsche expone en este escrito es su intuición y su experiencia de la vida y de la muerte. Todo es uno, nos dice. La vida es como una fuente eterna que constantemente produce individuaciones y que, produciéndolas, se desgarra a sí misma. Por ello es la vida dolor y sufrimiento: el dolor y el sufrimiento de quedar despedazado lo Uno primordial. Pero, a la vez, la vida tiende a reintegrarse, a salir de su dolor y reconcentrarse en su unidad primera. Y esa reunificación se produce con la muerte, con la aniquilación de las individualidades. Por eso es la muerte el placer supremo, en cuanto que significa el reencuentro con el origen. Morir no es, sin embargo, desaparecer, sino solo sumergirse en el origen que, incansablemente, produce nueva vida. La vida es, pues, el comienzo de la muerte, pero la muerte es la condición de nueva vida. La ley eterna de las cosas se cumple en el devenir constante. No hay culpa ni, en consecuencia, redención, sino la inocencia del devenir. Darse cuenta de esto es pensar trágicamente. (…)
El mundo se justifica y se redime por la belleza. El arte salva. Desde la caída del esplendor griego, que tiene lugar de forma paralela a la decadencia de la tragedia en Eurípides, en el hombre occidental ha decaído el instinto de belleza en favor del saber racional que ha dado lugar a la ciencia natural y a la técnica. Sócrates es el personaje clave que personifica el inicio de esta nueva forma de concebir el mundo a través del raciocinio, que a partir de este momento comenzará a desplegarse hasta sus últimas consecuencias, sepultando como contrapartida la exuberancia de la vida manifiesta en los sentimientos y la naturaleza.
Dos dioses, Apolo y Dioniso, presiden en la naturaleza dos grandes instintos artísticos, que se alternan ejerciendo su influencia cíclicamente: el apolíneo y el dionisiaco. Apolo es el dios de la luz y la medida. El mundo de lo apolíneo es el de las formas armónicas, el del orden. Pero es también el dios que oculta al hombre lo ilimitado y caótico, la luz que impide ver las tinieblas, el que sostiene todas las apariencias que ocultan al hombre la unidad de todo lo existente. Apolo es el dios de las artes plásticas, el que mitiga el dolor que proviene de la individuación, a través de la evasión que provocan las bellas formas. Apolo es, por ello, el dios que ampara la individuación de cada ser humano.
Dioniso es el dios de lo informe, de lo indiviso, es aquello que desborda, que no conoce límites. Es el abismo caótico que subyace bajo el mundo de las formas y del cual estas emergen. Dioniso aniquila la individualidad y libera de la limitación. Por ello es portador del más horrible sufrimiento, en tanto que destruye la lógica del individuo y enfrenta al hombre con la angustiosa ilimitación y el espanto; pero también, del mayor placer, de la divina embriaguez que supone verse liberado de las cadenas que impiden contemplar la unidad que subyace bajo todo lo existente. Su arte es la música, la que provoca el sagrado entusiasmo que hace a los hombres cantar y bailar en comunión con la naturaleza.
Estos dos instintos artísticos de la naturaleza se encuentran y funden entre sí de forma plena en la tragedia griega, donde se dan cita la visión cruda del dolor de la vida, simbolizado en Dioniso, junto a la belleza de las imágenes apolíneas. En la tragedia, bajo la forma de los distintos personajes, se conmemoraba al dios Dioniso, cuyo torrente venido de Asia era sublimado y canalizado por las formas armoniosas de Apolo. Hemos de concebir la tragedia griega como un coro dionisiaco que una y otra vez se descarga en un mundo apolíneo de imágenes . Por el contrario, el culto dionisiaco suponía normalmente fuera de Grecia una fuerza tan avasalladora que desgarraba todos los límites y conducía a excesos de todo tipo. La tragedia es la expresión suprema del genio griego, según el joven y romántico Nietzsche.
Frente a una tragedia griega somos incompetentes porque, en buena parte, su
efecto principal descansaba sobre un elemento que se nos ha perdido, la música . El origen de la tragedia está en el espíritu de la música, símbolo universal y lenguaje inmediato de la voluntad, superior al lenguaje verbal. En concreto, es la música ditirámbica de los seguidores del dios Dioniso la que, a través de la excitación del estado de ánimo, provoca la conexión con el drama de la naturaleza. Es la que libera de la lógica individual. El lenguaje y el estado de conciencia habitual no permiten conectar con el drama dionisiaco, sino más bien ocultarlo. La música hace intuir símbolos y los dota de significación. La música es soberana y previa al lenguaje; es la esencia de la tragedia.
El ciudadano griego se acercaba a la tragedia no como lo haría el espectador intelectualizado occidental, sino con un vivo interés natural hacia un drama en el que él mismo se vería transformado. Es el coro dionisiaco el que, embriagado por la música ditirámbica, embargado de placer y sufrimiento, transformado, contagia al público su visión dionisiaca del corazón doliente de la naturaleza. De este modo, se rompe la separación entre público y coro. Todos los presentes están fuera de sí. Los oyentes ven alterado su estado de ánimo hasta tal punto que cuando el héroe trágico aparezca en la escena estos no vean acaso al héroe cubierto con una máscara deforme, sino la figura de una visión, nacida, por así decirlo, de su propio éxtasis .
Nietzsche destaca la difícil tarea de los actores-cantantes durante las largas representaciones; ataviados con pesados ropajes, alzados sobre los coturnos, cubiertos los rostros con máscaras y pelucas, habían de pronunciar en un esfuerzo de diez horas de duración unos 1600 versos ante un público del cual hasta la plebe poseía un juicio fino y delicado . El actor de talento, embriagado por la música del dios, se olvidaba de sí mismo, se veía a sí mismo desde fuera, en un estado simultáneo de embriaguez y sobriedad.
La muerte de los personajes en la tragedia es un mal aparente. En el fondo, la tragedia está portando un consuelo metafísico en el más elevado sentido. La existencia individual es sueño, apariencia que es exterminada, evidenciándose de este modo la vida unitaria que subyace tras el mundo de las formas, que constantemente nacen y mueren. La tragedia refleja ese juego de la construcción y la destrucción perpetua del mundo, abriendo una puerta al hombre a ese misterio. Placer y sufrimiento van unidos y de ellos brota la sabiduría dionisiaca, expresada en las palabras de Sileno al insistente rey Midas:
"Estirpe miserable de un día, hijos del azar y de la fatiga, ¿por qué me fuerzas a decirte lo que para ti sería muy ventajoso no oír? Lo mejor de todo es totalmente inalcanzable para ti: no haber nacido, no ser, ser nada. Y lo mejor en segundo lugar es para ti morir pronto”.
Sócrates enseñará que el hombre virtuoso y sabio será al mismo tiempo feliz, y que esa posibilidad depende del propio hombre, en la medida en que sea capaz de profundizar en el conocimiento de sí mismo y conseguir el correspondiente autodominio. En este enfoque socrático se evidencia un giro hacia un mayor antropocentrismo. En la tragedia, en cambio, se alude a lo que ocurre en otro orden de cosas previo. Edipo fue concebido por Sófocles como el hombre noble que, pese a su sabiduría, está destinado al error y a la miseria, pero que al final ejerce a su alrededor, en virtud de su enorme sufrimiento, una fuerza mágica y bienhechora, la cual sigue actuando incluso después de morir él. El hombre noble no peca, quiere decirnos el profundo poeta. Aquí se nos enseña que el todo despliega su propia vida, a un nivel más profundo del que el raciocinio del hombre es capaz de concebir, cuya vida como mortal está siempre en manos de esa instancia superior; lo importante es aquella realidad que subyace por debajo de los avatares particulares de la vida de cada hombre.
Nietzsche señala que en la etapa a la que da comienzo Sócrates el hombre cae en la ilusión de que el pensar es capaz no solo de conocer, sino incluso de corregir el ser . Frente a este optimismo socrático, la tragedia es pesimista por esencia. Frente a esa posición vital socrática de ejercer actividad sobre el mundo, Sófocles nos presenta a un Edipo anciano castigado por un exceso de miseria, que está entregado puramente como “paciente” a todo lo que sobre él cae, y que, sin embargo, se encontrará al final de sus días sobre la tierra con la jovialidad divina, la cual descenderá sobre él dándonos a entender que es con su comportamiento puramente pasivo con lo que el héroe alcanza su actividad suprema, la cual se extiende mucho más allá de su vida .
¡Cuánto tuvo que sufrir este pueblo para llegar a ser tan bello! Los griegos son un pueblo, según el joven Nietzsche, con una sensibilidad especial que les dota de una gran capacidad para el dolor y el sufrimiento. Todo el edificio griego de belleza y armonía se erige sobre un profundo abismo de sufrimiento, sobre un pasado heroico, titánico, asiento sobre el cual se erige el panteón de los dioses olímpicos. Dioniso vuelve a hacer patente ese fondo abisal de la existencia, el mundo informe del que emanan las formas de la belleza.
En los dioses griegos no debemos buscar misericordia, amor o compasión; las divinidades griegas proclaman la exuberancia de la existencia, la jovialidad, la alegría y el dolor de vivir, la belleza. Este mundo griego y su sentimiento vital es anterior a las categorías de lo bueno y lo malo. El exceso de raciocinio al que el hombre occidental ha arribado le conduce a querer circunscribirlo todo dentro de sus módulos mentales (considerados universales y estáticos, por otra parte); Nietzsche nos señala, por el contrario, que el mundo es contradictorio, que todo nace y, llegado el momento, sucumbe; en la ascesis de la contemplación estética de esta tragedia está el descanso. Sólo como fenómeno estético aparecen justificados la existencia y el mundo .
BIBLIOGRAFÍA:
-Nietzsche, Friedrich. El nacimiento de la tragedia. Alianza Editorial, 2005. Introducción, traducción y notas ANDRÉS SÁNCHEZ PASCUAL.
-Rodríguez Delgado, Juan Carlos. “El nacimiento de la tragedia” de Nietzsche y “Las Bacantes de Eurípides”: dos visiones de Dioniso, en http://www.cervantesvirtual.com/FichaObra.html?Ref=18579