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  miércoles, 14 de mayo de 2008               Asociación Cultural Nueva Acrópolis en Córdoba                                    Actualización semanal  
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La corte de Abderraman III Al Nasir

Autor: José Carlos Fernández ©

LA CORTE

    Y viendo crecer, con la misma dedicación y nostalgia que viera crecer Abderrahmán I la palmera que trajo de su tierra natal, la Ciudad Flor, Medina Zahara, convirtiéndola en sede de su complejo y eficaz aparato administrativo; y también asiento de la realeza, y por lo tanto escenario de recepción de embajadores llegados desde las tierras más lejanas.Mirada profunda la del poeta Antonio Gala cuando describe a este rey, a esta corte, a esta ciudad. Mirada de poeta.

     Sabia mirada, también, justa y precisa en su descripción , la del sabio y místico Ibn Arabí cuando narra :

     "Un día fueron a ver al Califa los embajadores francos, y las muestras que vieron de la grandeza de su poder les dejó espantados. Había hecho alfombrar el camino desde la puerta de Córdoba a la de al- Zahra, a una parasanga [aproximadamente cinco kilómetros y medio] de distancia, y colocado hombres a derecha e izquierda del camino con las espadas, largas y anchas, desnudas en la mano, de manera que las del lado izquierdo se juntaban con las del derecho, formando como nervios de bóvedas, y dio orden de que los embajadores anduvieran entre aquellas espadas, bajo su sombra, como si fuera una galería cubierta. Sólo Dios sabe el miedo que les entró. Llegados a la puerta de al- Zahra el suelo estaba alfombrado con brocado, desde la puerta de la ciudad hasta el trono, de la misma impresionante manera. Había colocado en sitios especiales chambelanes, que parecían reyes, con vestidos de brocado y seda, sentados en sillones ornados. Cuando veían a un chambelán, no dejaban de prosternarse ante él, creyendo que se trataba del Califa. Pero les decían: "Alzad vuestras cabezas: este es sólo uno de sus esclavos", hasta que llegaron a un patio sembrado de arena, en cuyo centro estaba sentado el Califa, con vestidos raídos y que le quedaban pequeños: todo lo que llevaba puesto no costaría más de cuatro dirhemes. Permanecía sentado en el suelo, con la cabeza baja, y tenía delante un Corán, una espada y una hoguera. Dijeron a los embajadores: He aquí al sultán. Entonces se prosternaron ante él, que levantó la cabeza hacia ellos y, antes de que pudieran hablar, les dijo: Dios nos ha ordenado que os invitemos a esto ( y señaló el Corán, el Libro de Dios); y si rehusarais, a esto ( y señaló la espada); y vuestro destino, cuando os quitemos la vida es esto( y señaló el fuego). Ante aquello se llenaron de terror; les ordenó salir sin que hubieran dicho ni una palabra y fijaron la paz con él en las condiciones que quiso imponerles"